"Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación."
— Mateo 5:4
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Raramente ponemos las palabras "bienaventurados" y "llanto" en la misma frase. Pensamos que la dicha pertenece a los alegres, y que una buena vida es aquella sin lágrimas. Sin embargo, en aquella colina, Jesús miró a la multitud y habló de una manera que lo invirtió todo.
La palabra griega utilizada aquí para el llanto es pentheo, el tipo más profundo de dolor, el que se reserva para los funerales. Describe a alguien que ha llegado al punto en que ya no puede fingir que está bien. Ya sea de pie ante su propio pecado o ante el quebrantamiento del mundo, ha dejado de aparentar una fortaleza que no posee.
La Cuaresma resulta incómoda precisamente por eso. Es la estación que nos pide que dejemos la máscara del "estoy bien". La ceniza, el silencio, el camino lento hacia la cruz, todo ello nos invita suavemente a ser honestos. Pero Jesús no se detiene en el llanto. Hace una promesa: ellos recibirán consolación. Los que lloran son los que pueden recibir consuelo. Los que reconocen su propio quebrantamiento son los que pueden ser sanados.
Las lágrimas no son el final. Son el comienzo. Esa es la silenciosa inversión escondida en esta breve frase, y es el latido mismo del camino cuaresmal.
🙏 Oración del Día
Señor Jesús, deposito ante ti el cansancio de fingir que todo está bien. Dame el valor de ser honesto contigo sobre los lugares quebrantados de mi interior. Has prometido que el consuelo sigue al llanto, y elijo confiar en esa promesa. En tu nombre oro. Amén.
Comienza mañana con la Palabra